Herodes Agripa, el nietísimo
Para conocerlo, debemos volver de nuevo a Herodes el Grande. Tras aumentar su reino todo lo que pudo con el apoyo romano –ganar poder y territorios a costa de tener legionarios en sus tierras–, una cruenta y larga enfermedad –se decía que gusanos devoraban su putrefacto cuerpo, como castigo por haberse casado con una divorciada– decidió dividir su reino entre sus tres hijos. Judea, Samaria, Galilea y otras regiones se dividían.
El padre de Herodes Agripa no pudo optar a ninguno. Envuelto injustamente en una conspiración, el Grande lo había mandado asesinar. El tenía seis años y se embarcó hacia Roma para adquirir una educación multicultural y huir de las intrigas de la corte de Jerusalén.
Herodes Agripa –su nombre proviene del famoso general que combatió a las órdenes de Augusto– adquirió rápidamente las costumbres de aquel pueblo pagano que dominaba los territorios de Oriente Medio. Y conforme crecía se iba haciendo más famoso. No precisamente por sus valores morales, sino más bien por su espíritu juerguista, sus deudas y sus aventuras. De todas formas era un hombre inteligente, que se amoldaba siempre a lo que más le interesaba.
Estudió bajo las directrices grecorromanas junto a Tiberio Claudio, el nieto de Livia –la esposa de Augusto–, que posteriormente sería emperador bajo el nombre de Claudio. Robert Graves afirma que entre ellos, el romano era llamado Tití y Herodes, El Bandido. Siempre fueron amigos, hasta el hecho de que a poco de ser emperador, Claudio se desembarazó de todos los reyezuelos o gobernadores de la zona y le nombró rey de todos los territorios que había tenido su abuelo.
Después de tanto tiempo en Roma, la muerte no le dejó gobernar muchos años en su tierra, pero fue un monarca querido por su pueblo. No en vano, olvidó sus extravagancias grecolatinas –hay un precioso pasaje en el que asegura cómo dejó de comer carne de lechón “o al menos sólo a escondidas, con mi cocinero como único cómplice y siempre bajo la luz de la luna”– y se erigió en defensor de las costumbres judías. Así, pasó a la historia por ser el rey que ejecutó a Santiago Apóstol y el que mandó encarcelar a Pedro –aunque la tradición dicta que un ángel le liberó–. Una prueba de que el cristianismo, por tanto, ya era un motivo de dolor de cabeza en toda Judea; y de que iniciaba su expansión.
En definitiva, en la increible maraña familiar de los Herodes, Agripa I supo pasar a la historia, a su manera, como un monarca de inteligencia preclara, donde siempre pretendió hacer lo más políticamente correcto.
