El Otro César
Caio Iulius Caesar, César, el divino, es sin duda el ciudadano romano que más ha vanagloriado la posteridad. Famoso por sus dotes militares y políticas, fue un personaje sin igual, gracias a ese conglomerado de inteligencia y valentía que tenía a puñados, y que le hacían ser querido entre sus seguidores y temido entre sus detractores.
Era capaz de romper con los moldes establecidos en la época. Llegar con sus hombres a una remota zona del Ponto –en la actual Turquía– y derrotar, en pocos días, a ejércitos los cuáles generales anteriores habían tardado en subyugar años. O liderar la defensa de una rebelión en Alejandría, saltar a una barca llena de egipcios enemigos, tirarse ensangrentado y exhausto al Mediterráneo, agarrando su ropaje militar desgarrado para que no quedara en manos de sus rivales, y llegar de nuevo a sus posiciones.
Sin embargo, la historia posterior a su muerte –favorable a los emperadores– ocultó de César hechos que hoy poca gente sabe, y que sin duda emborronan una biografía que, al fin y al cabo, es la de un humano.
El divino calvo
Una de las cosas más curiosas del aspecto de César era su amplia calva. La mayoría de la iconografía romana lo muestra con pelo –con el peinado liso, semirrizado, con flequillo rectilíneo corto que deja ver la frente, tan típico de la época–. Pero nada más lejos de la realidad. César tenía muy poco pelo. Y era una de las cosas que más le obsesionaba. Sin duda que fue el precedente de Anasagasti u Oneto, pues se echaba hacia la calva el poco pelo que tenía.
Un aristócrata entre pobres
Qué Julio César era de familia aristócrata es indudable. No en vano, él siempre aducía que sus primeros antepasados –la gens Iulia– eran los descendientes de Venus y de Eneas. Sin embargo, su familia disponía de poco dinero. Los últimos años de la República se habían caracterizado por el enriquecimiento de las clases medias-altas de origen plebeyo, la clase ecuestre –equites–, que podían pertenecer ya al Senado; todo ello paralelo a la pérdida de privilegios de las familias de origen patricio, las cuáles podrían verse abocadas al endeudamiento si no administraban bien sus bienes.Esto le pasó a César, víctima de la mala administración o equivocada adscripción política de sus más recientes antepasados. Muchos años se vió abocado a vivir en el Subura, el barrio más pobre de Roma, y sólo después de su nombramiento como pontífice pudo trasladarse a una casa en la Vía Sacra.
El poder de la ‘reina’
Qué Julio César era bisexual parece demostrado, a pesar de la multitud de conquistas femeninas que logró –pocas romanas adineradas no sucumbieron a sus encantos–. Pero sin duda, su affair amoroso por el que más se le criticó fue su relación con el rey Nicomedes de Bitinia. Siendo César joven, logró la ayuda de este monarca –ya viejo– en la lucha de Roma contra el Ponto. Todos sus enemigos lo achacaron a que le prestósus favores sexuales, aunque nunca se demostró.
Sin embargo, este acontecimiento le marcó de por vida, pues fue utilizado contra él en un sinfín de ocasiones. Una vez, conocida la unión política con Pompeyo, en una gran fiesta, un asistente borracho gritó, “ave a la nueva alianza, que nos dará al Rey Pompeyo y a la Reina César”. En otra ocasión, cuando la Galia parecía ya completamente subyugada, sus soldados le cantaron “Nicomedes nuncá conquistó lo que César, pero sí que logró conquistarle a él”.
¡¡¡Qué lío con el Rubicón!!!
Pasar el Rubicón ha quedado como una frase famosa que significa dar un paso hacia una empresa sin poder dar ya vuelta atrás. Cuando César pasó el Rubicón era consciente de que la Guerra Civil contra Pompeyo era inevitable. Pero no porque ese río marcara el límite de Italia con el resto de provincias, sino porque ningún gobernador podía salir con su ejército del territorio asignado sin consentimiento. Daba igual que pasara el Rubicón, los Pirineos –si hubiera estado en Hispania– o saliera de la península turca –si hubiera tenido asignada Asia Menor–. Salir de su territorio, era, como él propio César dijo cuando fue asesinado, ¡violencia!.
Era capaz de romper con los moldes establecidos en la época. Llegar con sus hombres a una remota zona del Ponto –en la actual Turquía– y derrotar, en pocos días, a ejércitos los cuáles generales anteriores habían tardado en subyugar años. O liderar la defensa de una rebelión en Alejandría, saltar a una barca llena de egipcios enemigos, tirarse ensangrentado y exhausto al Mediterráneo, agarrando su ropaje militar desgarrado para que no quedara en manos de sus rivales, y llegar de nuevo a sus posiciones.
Sin embargo, la historia posterior a su muerte –favorable a los emperadores– ocultó de César hechos que hoy poca gente sabe, y que sin duda emborronan una biografía que, al fin y al cabo, es la de un humano.
El divino calvo
Una de las cosas más curiosas del aspecto de César era su amplia calva. La mayoría de la iconografía romana lo muestra con pelo –con el peinado liso, semirrizado, con flequillo rectilíneo corto que deja ver la frente, tan típico de la época–. Pero nada más lejos de la realidad. César tenía muy poco pelo. Y era una de las cosas que más le obsesionaba. Sin duda que fue el precedente de Anasagasti u Oneto, pues se echaba hacia la calva el poco pelo que tenía.
Un aristócrata entre pobres
Qué Julio César era de familia aristócrata es indudable. No en vano, él siempre aducía que sus primeros antepasados –la gens Iulia– eran los descendientes de Venus y de Eneas. Sin embargo, su familia disponía de poco dinero. Los últimos años de la República se habían caracterizado por el enriquecimiento de las clases medias-altas de origen plebeyo, la clase ecuestre –equites–, que podían pertenecer ya al Senado; todo ello paralelo a la pérdida de privilegios de las familias de origen patricio, las cuáles podrían verse abocadas al endeudamiento si no administraban bien sus bienes.Esto le pasó a César, víctima de la mala administración o equivocada adscripción política de sus más recientes antepasados. Muchos años se vió abocado a vivir en el Subura, el barrio más pobre de Roma, y sólo después de su nombramiento como pontífice pudo trasladarse a una casa en la Vía Sacra.
El poder de la ‘reina’
Qué Julio César era bisexual parece demostrado, a pesar de la multitud de conquistas femeninas que logró –pocas romanas adineradas no sucumbieron a sus encantos–. Pero sin duda, su affair amoroso por el que más se le criticó fue su relación con el rey Nicomedes de Bitinia. Siendo César joven, logró la ayuda de este monarca –ya viejo– en la lucha de Roma contra el Ponto. Todos sus enemigos lo achacaron a que le prestósus favores sexuales, aunque nunca se demostró.
Sin embargo, este acontecimiento le marcó de por vida, pues fue utilizado contra él en un sinfín de ocasiones. Una vez, conocida la unión política con Pompeyo, en una gran fiesta, un asistente borracho gritó, “ave a la nueva alianza, que nos dará al Rey Pompeyo y a la Reina César”. En otra ocasión, cuando la Galia parecía ya completamente subyugada, sus soldados le cantaron “Nicomedes nuncá conquistó lo que César, pero sí que logró conquistarle a él”.
¡¡¡Qué lío con el Rubicón!!!
Pasar el Rubicón ha quedado como una frase famosa que significa dar un paso hacia una empresa sin poder dar ya vuelta atrás. Cuando César pasó el Rubicón era consciente de que la Guerra Civil contra Pompeyo era inevitable. Pero no porque ese río marcara el límite de Italia con el resto de provincias, sino porque ningún gobernador podía salir con su ejército del territorio asignado sin consentimiento. Daba igual que pasara el Rubicón, los Pirineos –si hubiera estado en Hispania– o saliera de la península turca –si hubiera tenido asignada Asia Menor–. Salir de su territorio, era, como él propio César dijo cuando fue asesinado, ¡violencia!.
