La triste historia de los Pompeyo
Quién sí vio la victoria de Sila fue su hijo. Fiel heredero de su padre, Cneo Pompeyo se erigió como uno de los grandes generales de la facción aristocrática. Y todo ello a pesar de que por aquella época, en el año 81 antes de Cristo, los senadores romanos aún consideraban a todo aquel ciudadano de fuera de Lazio como no romano. El Magno supo ser aceptado por el patriciado, en parte por sus victorias militares –acabó con insurrecciones como la de Sertorio, venció a Mitridates del Ponto y llevó las águilas romanas de Armenia hasta Judea–, aunque también por el poder político y económico que adquirió.
En principio representaba los valores más importantes de la República, pero su rivalidad con Marco Licinio Craso, y fundamentalmente con Cayo Julio César, sólo propiciaron la destrucción de los ideales democráticos. Con la toma de Cartago, muchas décadas antes, el expansionismo romano había hecho muy difícil que la lucha por el poder no provocase la propia debacle de la república. Era imposible que hombres como Mario, Sila, Craso, Pompeyo, César, Marco Antonio o Augusto, que tantos dominios dieron a Roma, fueran capaces de aceptar ser dominados por el gobierno de otros.
Cneo Pompeyo se enfrentó a César con el apoyo de una gran parte de la política y del ejército romanos, pero fue incapaz de ganarle en Farsalia. La traición del por aquel entonces reino Seléucida egipcio acabó con su vida.
El Magno tuvo dos hijos de un destacado nivel militar. Los dos le apoyaron en vida, y mantuvieron vivos los ideales por los que luchaba tras su muerte. Cneo y Sexto Pompeyo le pusieron las cosas difíciles a César, primero en Africa, donde acabaron siendo derrotados en Tapso; y después en Hispania. En la batalla de Munda se decidiría el futuro de Roma. Todas las anteriores victorias de Julio César no servirían para nada si no vencía en aquel remoto lugar del sur de la Península Ibérica.
Se relataba en las calles de Roma tras la batalla que, cuando ambos bandos estaban muy igualados y ya estaba anocheciendo y los cesarinos se mostraban cada vez más desanimados y habían empezado a retirarse, fue la intervención de César decisiva. Se abrió paso hasta las líneas del frente donde se había producido una brecha en sus tropas. Una vez allí, se arrancó el yelmo de la cabeza y gritó "¿Váis a dejar a vuestro comandante en manos de estos muchachos?". Dicho esto empezó a luchar cuerpo a cuerpo. Sus hombres le siguieron y con ello cambió el curso de la batalla.
Cneo Pompeyo murió en Munda y su hermano Sexto pudo huir. A partir de aquella batalla, Sexto Pompeyo se convirtió en una china en el zapato de Octavio y Marco Antonio –que tomaron el relevo de César tras su asesinato–, creando una gran flota y conquistando territorios como Sicilia. Recibió el nombre de Pius –piadoso– tras firmar la paz con Octavio y Antonio. Muchos pensaban que ya no tenían sentido viejas rivalidades y rencillas. Pero un año después se le acabó la piedad y volvió a los combates contra el poder establecido.
Saqueó con su flota un gran número de ciudades del litoral italiano hasta que Augusto acabó con él en Mesina. De allí huyó a Oriente Medio, donde Marco Antonio, que dominaba la zona gracias a su alianza –y mucho más– con Cleopatra, a través de sus contactos, logró que lo asesinaran.
Así acabó la estirpe, al menos la de sus grandes militares, que nunca supieron estar en el bando adecuado en el momento definitivo. Demasiado genios, demasiado grandes para aceptar ser los segundos de alguien aún más grandes.
