No lucharéis sólos
Una de las principales razones del expansionismo romano fue, sin duda, las innovaciones que introdujeron en el campo de batalla. El uso de formaciones militares como la legión, el manípulo y la cohorte y la utilización de armas como el pílum fueron determinantes. Pero el hecho de sentirse un pueblo único y orgulloso también les permitió desnivelar, en muchas ocasiones la balanza.Julio César fue, como décadas antes Cayo Mario, un innovador, y aportó a los ejércitos novedades que le dieron importantes victorias. Sin embargo, César consideró, y con muy buen criterio, que éstas innovaciones debían ser complementadas con el fomento de un compañerismo sin límites entre sus soldados. Y él era el primero en dar ejemplo.
El 'buen rollo' que tenía con los legionarios se comprobaba tras una victoria, en las marchas militares o en los triunfos celebrados. Sus soldados cantaban letras compuestas por ellos mismos en las que se metían con el carácter libertino de su jefe, sus escarceos con el rey de Bitinia en su juventud, su enamoramiento con Cleopatra, su incipiente calvicie o sus peleas dialécticas con hombres como Cicerón.
Pero donde más se demostraba su acercamiento a la tropa era durante la batalla misma. El se ponía al frente de las legiones siempre que lo consideraba necesario. Así lo hizo en Mitilene, en Alesia, Alejandría, Tapso o Munda.
Mitilene fue la primera confrontación testigo de su valor. Allí lo mandó Minucio Termo, comandante en Asia Menor, para que acabara con la sublevación de la ciudad. En poco tiempo viajó a Bitinia a convencer al rey Nicomedes –¿con favores sexuales?, al menos eso decían sus enemigos– de que le prestara una tropa, con la que atacó los muros de Mitilene, siempre junto a sus hombres, a pesar de que el curso de la batalla no estaba claro. Salvó la vida a un gran número de conciudadanos, lo que le hizo obtener la corona cívica cuando aún no había llegado a los 20 años.
Mostró su valía una vez más cuando fue secuestrado por los piratas. Estos no lo querían muerto, sino dinero por su rescate, por lo que César les juró orgulloso que si lo dejaban escapar con vida los mataría a todos. Y así lo hizo. Cuando lo soltaron se hizo con una flota y arrasó todas las flotas piratas, crucificándolos a todos.
Con 33 años, como legado en Hispania, fue cuando, ante la estatua de Alejandro Magno en las columnas de Hércules, lloró como un niño porque a esa edad el Magno había llegado con sus conquistas hasta la India. Decidido a emularlo batalló en la costa atlántica portuguesa para extender definitivamente los territorios romanos hasta aquel océano.
Aunque su gran fama llegó con la Galia. La rapidez con la que se hizo con todo aquel país celta, y sus incursiones en Britania y Germania le hicieron famoso. Pero para sus hombres era aún más importante que siempre estuviera a su lado. Como sucedió en Alesia. César sitió esta ciudad durante la rebelión del caudillo galo Vercingetórix, contra el cuál libraba una interesante guerra en la cuál había tenido varios reveses, como en Gergovia.
Alesia se convirtió en un callejón sin salida para César. En la ciudad le esperaban sitiados Vercingetorix y sus hombres. Más alla del sitio romano se acercaban miles y miles de galos de diferentes tribus que iban en ayuda de su caudillo. César mandó cavar trincheras y empalizadas en el diámetro exterior del campamento romano. En apariencia estaban atrapados, pero tanto para los galos de dentro de la ciudad, como para los que venían de fuera, aquella corta porción de tierra que tenían los romanos se convirtió en una ratonera, fatal para ellos, no sólo por las trampas puestas por César, sino también por la disciplina romana. Y junto a sus legionarios, César.
Cayo Julio luchó hasta la extenuación entre sus hombres y si hasta aquél momento el valor de Vercingetorix se igualaba al de César, la huida del galo al ver la derrota demostró que estaba a años luz del romano. Vercingetorix por lo menos tuvo el honor de rendirse y postrar sus armas ante el nuevo dominador de las Galias.
Sobre el sitio de Alejandría y Munda ya ha hablado en este blog. En la capital egipcia no sólo estuvo junto a sus hombres, sino que estuvo a punto de morir. Se lanzó al agua herido y a pesar de que un incesante número de flechas estuvieron a punto de acabar con su vida, salvó sus ropajes militares y todo lo demás que de valor llevaba.
En Africa su participación volvió a ser fundamental, pues los ejércitos de sus enemigos romanos –entre ellos los hijos de Pompeyo y Catón– unidos al rey de Numidia rodearon a las legiones de César, pero su participación al frente de la batalla de Tapso volvió a ser definitiva.
La batalla de Munda supuso el último momento de gloria militar de César, pues de allí volvió a Roma para ser asesinado semanas después. En tierras españolas se tuvo la última oportunidad de ver el valor de Julio César –ver anterior texto– y la influencia que ejercía sobre sus soldados, que para él, más que militares eran hermanos.
