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	<title><![CDATA[Historia de Roma]]></title>
	<link>http://Roma.extreblog.com/</link>
	<dc:creator>Septimius</dc:creator>
<description><![CDATA[Desde los inicios hasta su declive, Roma fue y continúa siendo la inspiración social, económica y militar de una gran parte del mundo. Por ello me dedico a recordar su historia]]></description>
	<language>es-es</language><item><title>No lucharéis sólos</title><link>http://Roma.extreblog.com/200512022623_No-lucharis-slos.html</link><description><![CDATA[<img align="left" src="http://img528.imageshack.us/img528/9915/juliocesar7ih.jpg" alt="Julio César" />Una de las principales razones del expansionismo romano fue, sin duda, las innovaciones que introdujeron en el campo de batalla. El uso de formaciones militares como la legión, el manípulo y la cohorte y la utilización de armas como el pílum fueron determinantes. Pero el hecho de sentirse un pueblo único y orgulloso también les permitió desnivelar, en muchas ocasiones la balanza.<br /><br />Julio César fue, como décadas antes Cayo Mario, un innovador, y aportó a los ejércitos novedades que le dieron importantes victorias. Sin embargo, César consideró, y con muy buen criterio, que éstas innovaciones debían ser complementadas con el fomento de un compañerismo sin límites entre sus soldados. Y él era el primero en dar ejemplo.<br /><br />El &#39;buen rollo&#39; que tenía con los legionarios se comprobaba tras una victoria, en las marchas militares o en los triunfos celebrados. Sus soldados cantaban letras compuestas por ellos mismos en las que se metían con el carácter libertino de su jefe, sus escarceos con el rey de Bitinia en su juventud, su enamoramiento con Cleopatra, su incipiente calvicie o sus peleas dialécticas con hombres como Cicerón.<br /><br />Pero donde más se demostraba su acercamiento a la tropa era durante la batalla misma. El se ponía al frente de las legiones siempre que lo consideraba necesario. Así lo hizo en Mitilene, en Alesia, Alejandría, Tapso o Munda.<br /><br />Mitilene fue la primera confrontación testigo de su valor. Allí lo mandó Minucio Termo, comandante en Asia Menor, para que acabara con la sublevación de la ciudad. En poco tiempo viajó a Bitinia a convencer al rey Nicomedes –¿con favores sexuales?, al menos eso decían sus enemigos– de que le prestara una tropa, con la que atacó los muros de Mitilene, siempre junto a sus hombres, a pesar de que el curso de la batalla no estaba claro. Salvó la vida a un gran número de conciudadanos, lo que le hizo obtener la corona cívica cuando aún no había llegado a los 20 años.<br /><br />Mostró su valía una vez más cuando fue secuestrado por los piratas. Estos no lo querían muerto, sino dinero por su rescate, por lo que César les juró orgulloso que si lo dejaban escapar con vida los mataría a todos. Y así lo hizo. Cuando lo soltaron se hizo con una flota y arrasó todas las flotas piratas, crucificándolos a todos.<br /><br />Con 33 años, como legado en Hispania, fue cuando, ante la estatua de Alejandro Magno en las columnas de Hércules, lloró como un niño porque a esa edad el Magno había llegado con sus conquistas hasta la India. Decidido a emularlo batalló en la costa atlántica portuguesa para extender definitivamente los territorios romanos hasta aquel océano.<br /><br />Aunque su gran fama llegó con la Galia. La rapidez con la que se hizo con todo aquel país celta, y sus incursiones en Britania y Germania le hicieron famoso. Pero para sus hombres era aún más importante que siempre estuviera a su lado. Como sucedió en Alesia. César sitió esta ciudad durante la rebelión del caudillo galo Vercingetórix, contra el cuál libraba una interesante guerra en la cuál había tenido varios reveses, como en Gergovia.<br /><br />Alesia se convirtió en un callejón sin salida para César. En la ciudad le esperaban sitiados Vercingetorix y sus hombres. Más alla del sitio romano se acercaban miles y miles de galos de diferentes tribus que iban en ayuda de su caudillo. César mandó cavar trincheras y empalizadas en el diámetro exterior del campamento romano. En apariencia estaban atrapados, pero tanto para los galos de dentro de la ciudad, como para los que venían de fuera, aquella corta porción de tierra que tenían los romanos se convirtió en una ratonera, fatal para ellos, no sólo por las trampas puestas por César, sino también por la disciplina romana. Y junto a sus legionarios, César.<br /><br />Cayo Julio luchó hasta la extenuación entre sus hombres y si hasta aquél momento el valor de Vercingetorix se igualaba al de César, la huida del galo al ver la derrota demostró que estaba a años luz del romano. Vercingetorix por lo menos tuvo el honor de rendirse y postrar sus armas ante el nuevo dominador de las Galias.<br /><br />Sobre el sitio de Alejandría y Munda ya ha hablado en este blog. En la capital egipcia no sólo estuvo junto a sus hombres, sino que estuvo a punto de morir. Se lanzó al agua herido y a pesar de que un incesante número de flechas estuvieron a punto de acabar con su vida, salvó sus ropajes militares y todo lo demás que de valor llevaba.<br /><br />En Africa su participación volvió a ser fundamental, pues los ejércitos de sus enemigos romanos –entre ellos los hijos de Pompeyo y Catón– unidos al rey de Numidia rodearon a las legiones de César, pero su participación al frente de la batalla de Tapso volvió a ser definitiva.<br /><br />La batalla de Munda supuso el último momento de gloria militar de César, pues de allí volvió a Roma para ser asesinado semanas después. En tierras españolas se tuvo la última oportunidad de ver el valor de Julio César –ver anterior texto– y la influencia que ejercía sobre sus soldados, que para él, más que militares eran hermanos.]]></description><dc:creator>Septimius</dc:creator></item><item><title>La triste historia de los Pompeyo</title><link>http://Roma.extreblog.com/200511162458_La-triste-historia-de-los-Pompeyo.html</link><description><![CDATA[Craso, Pompeyo y César… el nombre de Pompeyo siempre irá parejo en la memoria de los colegiales a uno de los tres nombres que formaban el primer triunvirato. En los anales de la historia, como aquel magnífico militar que tuvo la desgracia de enfrentarse al gran César. Pero el periodo republicano romano tuvo a varios Pompeyos. Las tres principales generaciones, las que dieron destacados militares, supieron saborear las mieles del poder, pero también sufrir el dolor de la derrota y la muerte.<br /><br /><img align="left" alt="" src="http://www.artehistoria.com/historia/thumb/CDP08428.jpg" />Cneo Pompeyo, conocido como el Magno nació en Piceno, ciudad situada al noreste de Roma, hijo de una rica familia. Su padre, Cneo Pompeyo Estrabón, tras prosperar en el bando de Lucio Cornelio Sila, luchó en las guerras civiles contra Mario. Sila venció, pero él no estaba vivo para verlo. Cuando Mario, el gran rival de Lucio Cornelio, tomó Roma, decidió convertir la ciudad en escenario de cruentas matanzas. El padre del Magno no pudo huir de la Urbs y su cuerpo, muerto y desfigurado, fue arrastrado por las calles.<br /><br />Quién sí vio la victoria de Sila fue su hijo. Fiel heredero de su padre, Cneo Pompeyo se erigió como uno de los grandes generales de la facción aristocrática. Y todo ello a pesar de que por aquella época, en el año 81 antes de Cristo, los senadores romanos aún consideraban a todo aquel ciudadano de fuera de Lazio como no romano. El Magno supo ser aceptado por el patriciado, en parte por sus victorias militares –acabó con insurrecciones como la de Sertorio, venció a Mitridates del Ponto y llevó las águilas romanas de Armenia hasta Judea–, aunque también por el poder político y económico que adquirió.<br /><br />En principio representaba los valores más importantes de la República, pero su rivalidad con Marco Licinio Craso, y fundamentalmente con Cayo Julio César, sólo propiciaron la destrucción de los ideales democráticos. Con la toma de Cartago, muchas décadas antes, el expansionismo romano había hecho muy difícil que la lucha por el poder no provocase la propia debacle de la república. Era imposible que hombres como Mario, Sila, Craso, Pompeyo, César, Marco Antonio o Augusto, que tantos dominios dieron a Roma, fueran capaces de aceptar ser dominados por el gobierno de otros.<br /><br />Cneo Pompeyo se enfrentó a César con el apoyo de una gran parte de la política y del ejército romanos, pero fue incapaz de ganarle en Farsalia. La traición del por aquel entonces reino Seléucida egipcio acabó con su vida.<br /><br />El Magno tuvo dos hijos de un destacado nivel militar. Los dos le apoyaron en vida, y mantuvieron vivos los ideales por los que luchaba tras su muerte. Cneo y Sexto Pompeyo le pusieron las cosas difíciles a César, primero en Africa, donde acabaron siendo derrotados en Tapso; y después en Hispania. En la batalla de Munda se decidiría el futuro de Roma. Todas las anteriores victorias de Julio César no servirían para nada si no vencía en aquel remoto lugar del sur de la Península Ibérica.<br /><br />Se relataba en las calles de Roma tras la batalla que, cuando ambos bandos estaban muy igualados y ya estaba anocheciendo y los cesarinos se mostraban cada vez más desanimados y habían empezado a retirarse, fue la intervención de César decisiva. Se abrió paso hasta las líneas del frente donde se había producido una brecha en sus tropas. Una vez allí, se arrancó el yelmo de la cabeza y gritó "¿Váis a dejar a vuestro comandante en manos de estos muchachos?". Dicho esto empezó a luchar cuerpo a cuerpo. Sus hombres le siguieron y con ello cambió el curso de la batalla.<br /><br />Cneo Pompeyo murió en Munda y su hermano Sexto pudo huir. A partir de aquella batalla, Sexto Pompeyo se convirtió en una china en el zapato de Octavio y Marco Antonio –que tomaron el relevo de César tras su asesinato–, creando una gran flota y conquistando territorios como Sicilia. Recibió el nombre de Pius –piadoso– tras firmar la paz con Octavio y Antonio. Muchos pensaban que ya no tenían sentido viejas rivalidades y rencillas. Pero un año después se le acabó la piedad y volvió a los combates contra el poder establecido.<br /><br />Saqueó con su flota un gran número de ciudades del litoral italiano hasta que Augusto acabó con él en Mesina. De allí huyó a Oriente Medio, donde Marco Antonio, que dominaba la zona gracias a su alianza –y mucho más– con Cleopatra, a través de sus contactos, logró que lo asesinaran.<br /><br />Así acabó la estirpe, al menos la de sus grandes militares, que nunca supieron estar en el bando adecuado en el momento definitivo. Demasiado genios, demasiado grandes para aceptar ser los segundos de alguien aún más grandes. ]]></description><dc:creator>Septimius</dc:creator></item><item><title>Ya están aquí los romanos</title><link>http://Roma.extreblog.com/200511102402_Ya-estn-aqu-los-romanos.html</link><description><![CDATA[  Para los Lágidas, la estirpe de macedonios descendientes de Alejandro Magno que durante tres siglos reinaron en Egipto, fue muy duro tener que aceptar la dominación romana. Es obvio. Para cualquier gobernante es frustrante ver como hay alguien de fuera que influye en como gobiernas. Pero más para los últimos faraones, reyes de un gran imperio como el Egipcio, habitantes de una ciudad, Alejandría, que fundara el propio Alejandro, estirpe de grandes gobernantes, sobre todo los dos primeros Tolomeos.<br /><br />¿Cuándo fueron realmente concientes los egipcios de que estaban amenazados por los romanos? No sabría muy bien decirlo. Supongo que con la toma de Cartago y la posterior conquista de Grecia y Asia Menor, los máximos responsables de Egipto verían en Roma al gran dominador del Mediterráneo. Pero fue con la conquista de Chipre cuando realmente el reino de los faraones sufrió en sus propias carnes el expansionismo de Roma.<br /><br />Theos Philopater Philadelfos Neos Dionisos Auletes, más conocido como Tolomeo XII, gobernaba en Egipto cuando su hermano, rey de Chipre, tuvo que suicidarse al ver la llegada de las legiones a la isla. A pesar de ello, Tolomeo XII no tuvo más remedio que aliarse con los romanos. Incluso estuvo un tiempo desterrado en la Urbs, porque dos de sus propias hijas le arrebataron el trono.<br /><br /><img align="left" alt="Pompeyo" src="http://photos4.extreblog.com/MEDtyd_gqdfmtkhbh_je9zql.jpg" />La verdad es que su vuelta no arregló mucho la situación. La dinastía Lágida se había convertido desde hacía décadas en un hervidero de intrigas, usurpaciones al trono y matrimonios de hermanos con hermanas, padres con hijas, madres con hijos, tíos con sobrinas –y un largo etcétera de combinaciones genealógicas para que no se desvirtuara la sangre griega– que llevaban al país a la ruina.<br /><br />Sólo era cuestión de tiempo que Roma ocupara el único país que le quedaba en el Mediterráneo oriental. El dinero de los Lágidas, en primer lugar; y las luchas entre Pompeyo y César, retardaron la conquista. Cuando éste último conquistó la Galia y meses después acabó con el Magno, las águilas apuntaron a Alejandría.<br /><br />El primer capítulo del derrumbe Lágida fue tristísimo. El jefe de sus ejércitos, Aquila, mandó cortarle la cabeza a Pompeyo, que tras ser derrotado en Farsalia por César había logrado la promesa de protección de los egipcios. César, lejos de alegrarse por ver la cabeza del Magno, sintió una gran frustración. El gran general romano tenía la gran virtud –o defecto– de perdonar a sus grandes rivales si habían demostrado durante sus enfrentamientos valor y moral–. Y Pompeyo, ante todo, era un gran general.<br /><br />El desenlace posterior es conocido por casi todos: la vuelta de Cleopatra del exilio escondida en una alfombra, el acoso del hermano de ésta a las tropas romanas en Alejandría, el incendio de los barcos de guerra y de los muelles alejandrinos, la visita de Cleopatra a Roma, el amor posterior de la reina y Marco Antonio, la batalla de Accio, el suicidio de ambos amantes y la determinación de Augusto de convertir a Egipto en una provincia.<br /><br />¿Triste final del imperio de los grandes faraones o desenlace obvio ante el expansionismo romano? Ambas cosas. Alejandría, con el dominio de Roma siguió prosperando, y Egipto ha continuado siendo, hasta hoy, elemento de admiración de cualquier amante de la historia que se precie. Con los Lágidas acabó ese gran Imperio llamado Egipto, pero que nadie olvide que desde el primer Lágida hasta el último sólo buscaban una cosa: mantener vivo lo que ya sólo podía apreciarse por pequeños susurros. Susurros de antaño, ecos de lo que un tiempo fue el mayor Imperio del mundo.   ]]></description><dc:creator>Septimius</dc:creator></item><item><title>La cruz del cristianismo primigenio</title><link>http://Roma.extreblog.com/200509191847_La-cruz-del-cristianismo-primigenio.html</link><description><![CDATA[El Imperio Romano de Occidente y el cristianismo convivieron –por llamarlo de alguna manera–&nbsp; durante 475 años, los que van desde el nacimiento de Jesucristo a la caída de Rómulo Augústulo. Sé que en esta web hay personas con muchísimos más conocimientos que yo sobre esta religión, sin embargo, releyendo Apología contra los gentiles, obra de Tertuliano, he pensado expresaros en este texto mi sorpresa por cómo la religión de Cristo pudo convertirse en lo que es hoy en día.<br /><br />Y es que hasta el famoso Edicto de Milán de 313, fecha en que Constantino reconocía el cristianismo como religión lícita y sentaba las bases de su expansión, los cristianos afrontaron dos obstáculos de los que, realmente no se como pudieron salir. Por un lado las persecuciones y por otro las ideologías las cuáles, dentro del seno de la Iglesia, ya cuestionaban desde un principio algunos de los consulados.<br /><br />Por ser más conocido y por lo tanto, menos sorprendente, diré solamente acerca de las persecuciones que, Pedro Manero, –el cual fuera obispo de Tarazona– cifra en cinco hasta la muerte del emperador Septimio Severo. Nerón, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio y el propio Severo habrían mandado acabar con esta religión, si tenemos en cuenta los testimonios de Arístides, Justino, Taciano, Atenágoras y Tertuliano.<br /><br />Obviamente, los primeros emperadores de Roma tenían suficientes razones de peso para acabar con lo que denominaban una secta –la cuál ponía en duda las creencias que cimentaron su poder–. Qué los métodos, a la postre inútiles, utilizados por los legados provinciales para acabar con los cristianos son censurables hoy en día, es bastante obvio, pero quién así lo crea no olvide que tras el año 313 la nueva religión dominante no tardó mucho en intentar acabar con los paganos, y si no que se lo digan a los seguidores de Juliano el Apóstata –al cuál podéis conocer mejor este miércoles gracias a un libro junto a El País–.<br /><br />Como indicaba anteriormente, choca más que una religión en mantillas tuviera tan pronto doctrinas herejéticas. El caso más importante fue Montano, personaje natural de Frigia –en la actual Turquía– el cual, en 173 d.C. se autodenominó el Paráclito que anunció Jesucristo –“yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito”–. A partir de ahí, llevó a cabo una dura campaña contra la Iglesia, a la que acusó de débil en cuanto a los postulados de Dios –quién lo diría hoy en día–.<br /><br />Así, entre otras, denunció a la Iglesia por permitir qué un hombre pudiera casarse en segundas nupcias y que se le pudiera perdonar la infidelidad –quién lo diría hoy en día, quién se lo diría a la Inquisición–. Tertuliano, que fuera primero cristiano y luego se convirtiera montanista, llegó a llamar a los primeros ‘bestias’, pues “ya conozco yo la fe animal y el cuidado con que regala su carne, casándose y comiendo muchas veces; si tengo que nombrar a estos de una vez, los definiré interior y exteriormente, diciendo que las morcillas de estos bestias no tienen otros ayunos que comidas y bodas”.<br /><br />Sobre todo, los montanistas no podían entender como la Iglesia perdonaba cualquier pecado y sin embargo no admitiera que alguien, mediante castigo, pudiera renegar de la fé y ya no pudiera volver a ella. Dice Tertuliano: “verdaderamente se hace cosa indigna la misericordia de Dios, que quiere más la penitencia que la muerte del pecador, decretando que vuelvan a la Iglesia con mayor facilidad los que cayeron peleando; apremiado lo digo, ¿es posible que se decrete vuelvan más fácilmente a la Iglesia los cuerpos sucios en los deleites que los ensangrentados en batalla?” <br /><br />En definitiva, a mi parecer, Montano y los suyos sentaron las bases del retrógrado parecer de la Iglesia desde la Edad Media, y aunque los primigenios cristianos pudieron hacer prevalecer sus ideas sobre las de los montanistas, la sombra del frigio se mantuvo en el seno de la Iglesia.<br /><br /> <div style="text-align: center;"><img alt="" src="http://photos4.extreblog.com/vw6_1lxy0cfmdl_gvm1og.jpg" /><br /><font size="2">Tertuliano</font><br /></div>]]></description><dc:creator>Septimius</dc:creator></item><item><title>El Otro César</title><link>http://Roma.extreblog.com/200509071755_El-Otro-Csar.html</link><description><![CDATA[Caio Iulius Caesar, César, el divino, es sin duda el ciudadano romano que más ha vanagloriado la posteridad. Famoso por sus dotes militares y políticas, fue un personaje sin igual, gracias a ese conglomerado de inteligencia y valentía que tenía a puñados, y que le hacían ser querido entre sus seguidores y temido entre sus detractores.<br /><br />Era capaz de romper con los moldes establecidos en la época. Llegar con sus hombres a una remota zona del Ponto –en la actual Turquía– y derrotar, en pocos días, a ejércitos los cuáles generales anteriores habían tardado en subyugar años. O liderar la defensa de una rebelión en Alejandría, saltar a una barca llena de egipcios enemigos, tirarse ensangrentado y exhausto al Mediterráneo, agarrando su ropaje militar desgarrado para que no quedara en manos de sus rivales, y llegar de nuevo a sus posiciones.<br /><br />Sin embargo, la historia posterior a su muerte –favorable a los emperadores– ocultó de César hechos que hoy poca gente sabe, y que sin duda emborronan una biografía que, al fin y al cabo, es la de un humano.<br /><br /><span style="font-weight: bold;">El divino calvo</span><br /><br />Una de las cosas más curiosas del aspecto de César era su amplia calva. La mayoría de la iconografía romana lo muestra con pelo –con el peinado liso, semirrizado, con flequillo rectilíneo corto que deja ver la frente, tan típico de la época–. Pero nada más lejos de la realidad. César tenía muy poco pelo. Y era una de las cosas que más le obsesionaba. Sin duda que fue el precedente de Anasagasti u Oneto, pues se echaba hacia la calva el poco pelo que tenía.<br /><br /><span style="font-weight: bold;">Un aristócrata entre pobres</span><br /><br />Qué Julio César era de familia aristócrata es indudable. No en vano, él siempre aducía que sus primeros antepasados –la gens Iulia– eran los descendientes de Venus y de Eneas. Sin embargo, su familia disponía de poco dinero. Los últimos años de la República se habían caracterizado por el enriquecimiento de las clases medias-altas de origen plebeyo, la clase ecuestre –equites–, que podían pertenecer ya al Senado; todo ello paralelo a la pérdida de privilegios de las familias de origen patricio, las cuáles podrían verse abocadas al endeudamiento si no administraban bien sus bienes.Esto le pasó a César, víctima de la mala administración o equivocada adscripción política de sus más recientes antepasados. Muchos años se vió abocado a vivir en el Subura, el barrio más pobre de Roma, y sólo después de su nombramiento como pontífice pudo trasladarse a una casa en la Vía Sacra.<br /><br /><span style="font-weight: bold;">El poder de la ‘reina’</span><br /><br />Qué Julio César era bisexual parece demostrado, a pesar de la multitud de conquistas femeninas que logró –pocas romanas adineradas no sucumbieron a sus encantos–. Pero sin duda, su affair amoroso por el que más se le criticó fue su relación con el rey Nicomedes de Bitinia. Siendo César joven, logró la ayuda de este monarca –ya viejo– en la lucha de Roma contra el Ponto. Todos sus enemigos lo achacaron a que le prestósus favores sexuales, aunque nunca se demostró.<br /><br />Sin embargo, este acontecimiento le marcó de por vida, pues fue utilizado contra él en un sinfín de ocasiones. Una vez, conocida la unión política con Pompeyo, en una gran fiesta, un asistente borracho gritó, “ave a la nueva alianza, que nos dará al Rey Pompeyo y a la Reina César”. En otra ocasión, cuando la Galia parecía ya completamente subyugada, sus soldados le cantaron “Nicomedes nuncá conquistó lo que César, pero sí que logró conquistarle a él”.<br /><br /><span style="font-weight: bold;">¡¡¡Qué lío con el Rubicón!!!</span><br /><br />Pasar el Rubicón ha quedado como una frase famosa que significa dar un paso hacia una empresa sin poder dar ya vuelta atrás. Cuando César pasó el Rubicón era consciente de que la Guerra Civil contra Pompeyo era inevitable. Pero no porque ese río marcara el límite de Italia con el resto de provincias, sino porque ningún gobernador podía salir con su ejército del territorio asignado sin consentimiento. Daba igual que pasara el Rubicón, los Pirineos –si hubiera estado en Hispania– o saliera de la península turca –si hubiera tenido asignada Asia Menor–. Salir de su territorio, era, como él propio César dijo cuando fue asesinado, ¡violencia!. ]]></description><dc:creator>Septimius</dc:creator></item></channel></rss>